En el corazón del casco histórico de Llodio se alza la iglesia parroquial de San Pedro de Lamuza. Es un templo levantado gracias a la profunda fe y devoción de las gentes de esta tierra y visitado a lo largo del tiempo tanto por parroquianos, como por viajeros y visitantes que buscan momentos de recogimiento y oración.
Antes de profundizar en este lugar lleno de arte y espiritualidad, te contaremos un poco de historia. Se cree que el nombre del valle es una evolución del nombre latino Claudius o Claudianus, que habría evolucionado con el paso del tiempo dando lugar al topónimo actual, Laudio. El vestigio más antiguo de la zona es el puente románico de Vitórica, paso sobre el río Nervión de la calzada romana que enlazaba la llanada alavesa con Flaviobriga. En la Edad Media el valle de Llodio estuvo hermanado con las tierras de Bizkaia y en el siglo X aparece la primera cita documental donde se detalla su pertenecía al condado castellano de Fernán González. En el siglo posterior, la comarca fue entregada a la familia del “Señor de Vizcaya”, consagrándose en el año 1095 la originaria iglesia de San Pedro y unificándose los cuatro barrios existentes en una entidad administrativa llamada Valle. Durante los siglos XII y XIII dependió del Señorío de Álava, dominado por la Casa de Mendoza, para pasar de nuevo a estar hermanado con Bizkaia bajo el Señor de Ayala. En 1491 los Reyes Católicos incorporaron definitivamente la Hermandad de Llodio al Territorio Histórico de Álava hasta el día de hoy.

Después de estos datos históricos, es momento de acceder al recinto sacro. El templo actual de la Parroquia de San Pedro de Lamuza fue erigido en el siglo XVIII sobre los restos de la antigua iglesia y que había sido consagrada en 1575. Se trata de un templo de planta de cruz latina con cabecera lisa y crucero que apenas sobresale en planta. Tiene las siguientes fases de construcción:
- Entre 1717 y 1722 se levanta la torre actual, cubierta de tejadillo «que sirva de campanario, reloj y para sostener la iglesia». Para recaudar los fondos necesarios el ayuntamiento en 1709 subió el impuesto al vino y con los 74.758 reales recaudados durante ocho años se hizo la obra.
- En 1749 se derribó toda la iglesia menos la torre campanario.
- Entre 1749 y 1757 se construyó el templo actual tras arduas negociaciones con su patrono propietario, el Conde de Ayala. Al mismo tiempo se edificó la capilla de la Virgen de Guadalupe. Finalmente, todo el conjunto se bendijo el Domingo de Ramos de 1757.
- Entre 1779 y 1780 se le añadió la cúpula de piedra o “media naranja”. La obra fue pagada, en parte por el patrón, y en parte por el pueblo que se hizo cargo de conceptos como el de honorarios técnicos, estancias de los maestros, etc.
“Y hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común.”
(San Pablo en 1 Corintios 12, 4-7)
Ahora te invitamos a comenzar tu visita recorriendo el pasillo central hasta llegar a la cabecera del templo. En la parte trasera del templo puedes ver la maqueta del templo realizada en 2015 y las tallas correspondientes a “La entrada triunfal de Jesús en Jerusalén”. Es un conjunto escultórico que procesiona cada Domingo de Ramos por las calles de la localidad. Proseguimos nuestra visita. Situado en el muro izquierdo de este segundo tramo de la nave, se encuentra el Retablo de la Virgen Dolorosa. De estilo neoclásico, fue realizado en madera imitando el mármol negro jaspeado por el taller bilbaino de Garamendi y Basterra en 1889. La Virgen de los Dolores, doliente ante la Pasión y Muerte de su Hijo, preside el conjunto. Mientras, en la parte inferior, se encuentra un Cristo yacente, talla de finales del siglo XIX, que procesiona en la Semana Santa local junto a la Dolorosa. En la parte superior se haya el paño de la Verónica, donde quedó estampada la imagen del rostro del Señor. En el muro opuesto, frente al retablo, vemos una sobria imagen de Cristo Crucificado.
“Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna”
(San Juan 3,16)
Contiguo al retablo, se halla la Capilla de Guadalupe. A ella se accede a través de un gran arco de medio punto. La capilla fue erigida en 1751 gracias a la donación de Don Antonio de Beraza, natural de Llodio y vecino de Zacatecas en Nueva España (México). El retablo está presidido por el lienzo bellamente enmarcado de la Virgen de Guadalupe que fue enviado por el donante desde tierras mexicanas. A su izquierda se encuentra la talla de “La Piedad”. María acoge en sus brazos a su Hijo muerto, una vez descendido de la cruz. Los tonos rojos de su ropaje incrementan el sufrimiento y agonía de la Madre del Señor.

Llegamos al crucero del templo donde se pueden contemplar dos retablos de idéntica factura. El situado a la derecha está dedicado a San José, cuya imagen con el Niño Jesús ocupa el nicho central. Está escoltado por San Antonio de Padua, uno de los pocos santos al que se le representa con el Niño Jesús en brazos, y por Santa Lucía, protectora de la vista, portando sus ojos que según una tradición popular le fueron sacados en su martirio. El conjunto está rematado por la efigie del Arcángel San Miguel. Junto al retablo, advertimos las tallas de la Inmaculada Concepción y del Sagrado Corazón de Jesús. Cristo nos muestra su corazón ardiente de Amor por nosotros. Este gesto es una invitación a entrar en el gran misterio de su Amor infinito. En lo alto advertimos la vidriera de San Roque, patrono de Llodio, que muestra las llagas de su pierna y es acompañado por un perro que le socorría en sus momentos de mayor necesidad. Este animal es signo de la providencia divina y siempre se ha incluido en la iconografía del santo.
En el lado opuesto se encuentra el retablo dedicado a Nuestra Señora del Rosario cuya talla de finos rasgos y gran serenidad preside el conjunto. María aparece como una joven madre que nos presenta a su Hijo y adelanta el brazo derecho acercándonos su rosario. La imagen está flanqueada por las tallas de los padres de la Virgen María, San Joaquín y Santa Ana. Corona el conjunto Santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de los Dominicos. A su lado, vemos la imagen de la Virgen del Carmen y en la vidriera superior podemos distinguir las llaves pontificias, símbolo de San Pedro, titular del templo. En los muros laterales del crucero se encuentran los relieves de las catorce estaciones del VIA CRUCIS. En muchas ocasiones parece que el acompañamiento a Jesús en su Pasión y Muerte termina en el sepulcro y se olvida que la Cruz no es una derrota, sino la antesala del triunfo definitivo sobre la muerte que llegará con su Resurrección. VIA LUCIS

“El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar? Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor, contemplando su templo.”
(Salmo 26, 1. 4)
Hemos recorrido casi la totalidad del templo y estamos seguros de que has descubierto temas y figuras que quizás desconocías. Ahora es momento de contemplar el retablo mayor presidido por la efigie del Apóstol San Pedro, a quien está consagrado el templo. San Pedro sujeta las Sagradas Escrituras con su mano izquierda y las llaves del Cielo y de la Tierra con su diestra. Las llaves son el signo de la autoridad que Jesús dio a su iglesia. Escoltándolo, las tallas de San Pablo a la derecha y San Juan Bautista a la izquierda. El primero sujeta una espada, símbolo de su martirio y símbolo también de la fuerza de la Palabra de Dios y la fidelidad de San Pablo en su misión de evangelizadora. San Juan Bautista es el precursor de Cristo, profeta del Altísimo, último profeta y primer santo.
En los laterales del ábside, separadas del conjunto principal, se hallan las imágenes de San Andrés con su característica cruz en aspa, hermano de San Pedro y quien tuvo el privilegio de ser el primer apóstol elegido por Jesús y el apóstol San Bartolomé con el demonio a sus pies a la izquierda. Coronando el retablo, podemos advertir la delicada imagen de la Asunción de María. Representa el momento en el que la Virgen María, al final de su vida, es llevada al Cielo en cuerpo y alma. Los ángeles la transportan a la Gloria y la coronan como Reina de los Cielos. Las tallas de San Juan Evangelista a la derecha y del Apóstol Santiago a la izquierda flanquean la imagen de Nuestra Señora.
En la parte inferior de este conjunto escultórico, parece pasar inadvertido el mayor tesoro que podemos encontrar en este templo, la presencia del Señor en el Sagrario. Cristo resucitado, que se dio su vida por cada uno de nosotros, nos ha salvado gratuitamente con su muerte en la cruz: “En efecto, por gracia estáis salvados, mediante la fe. Y esto no viene de vosotros: es don de Dios. Tampoco viene de las obras, para que nadie pueda presumir. Somos, pues, obra suya. Dios nos ha creado en Cristo Jesús” (San Pablo a los Efesios 2, 8-10ª)
Esperamos que tu visita haya sido grata. Antes de abandonar el templo, te invitamos a tener unos momentos de recogimiento y oración. Puedes acompañar y adorar al Señor en el Sagrario. También puedes sentarte en silencio ante la acogedora presencia de San José meditando su vida de entrega, humildad y sencillez. Gracias a los diversos enlaces del texto, puedes profundizar en la vida de los Santos situados en los retablos del templo.